

La misericordia es fruto de la caridad. Lo propio de la misericordia es derramarse sobre las demás personas y, tomando sus necesidades, miserias y dolores como cosa propia, tratar de librarlas de ellos. Por eso se atribuye fundamentalmente a Dios, Padre de las misericordias y Dios de toda consolación, que movido del inmenso amor con que nos amó, aun cuando estábamos muertos por los pecados, nos dio vida juntamente en Cristo. Con sus obras y sus palabras, el Señor hace presente al Padre entre los hombres.
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