Enterrar a los muertos


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Enterrar a los muertos

De pequeño, en el colegio, cuando estábamos estudiando las obras de misericordia, hubo uno de mis compañeros que dijo que una de las obras de misericordia era enterrar a los vivos y difuntos. Y el profesor le explicó que aquello de enterrar a los vivos no era una obra de misericordia: era una faena.

Y todos tenemos que morir, y todos los sabemos. De hecho, no hay nadie tan viejo que no pueda vivir un día más, y nadie tan joven que no pueda morir mañana. Y es absurdo intentar olvidarse de esta realidad. Vivir de espaldas a la muerte es prepararse para morir de espaldas a la vida. Y ocultarse de la realidad no es forma de solucionarla, y la Iglesia lo sabe, y por eso dedica todo un mes a los difuntos, un mes que empieza con Todos los Santos y sigue con el día de los Fieles Difuntos, los dos días del año en los que se venden más flores. Y es que es bueno ir de vez en cuando a los cementerios, ir a los entierros, acompañar a nuestros amigos, a nuestros familiares. No hace falta tener grandes ocurrencias. Cuando tenemos un conocido, un amigo, un familiar al que se le ha muerto alguien querido, esa persona probablemente lo que más necesite en ese momento es, sencillamente, compañía.