Las Obras de Misericordia

La misericordia es fruto de la caridad. Lo propio de la misericordia es derramarse sobre las demás personas y, tomando sus necesidades, miserias y dolores como cosa propia, tratar de librarlas de ellos. Por eso se atribuye fundamentalmente a Dios, Padre de las misericordias y Dios de toda consolación, que movido del inmenso amor con que nos amó, aun cuando estábamos muertos por los pecados, nos dio vida juntamente en Cristo. Con sus obras y sus palabras, el Señor hace presente al Padre entre los hombres.

Y es significativo ‑escribe Juan Pablo II‑ que estos hombres sean sobre todo los pobres, carentes de medios de subsistencia; los que se hallan privados de la libertad; los ciegos que no ven la belleza del mundo creado; los que viven con el corazón afligido, los que sufren a causa de la injusticia social y, en fin, los pecadores. Especialmente en relación a estos últimos, el Mesías se convierte en signo particularmente legible de Dios, que es Amor. Apiadarse de los demás es, pues, lo propio de los hijos de Dios, según la enseñanza de Jesús: sed misericordiosos como vuestro Padre celestial es misericordioso. Muchas miserias atenazan a los hombres y a la humanidad entera. La carencia de los bienes materiales necesarios, la enfermedad, las violencias de todo tipo, la soledad, la tristeza, la ignorancia... todo un cortejo de males físicos y morales.

Todos necesitamos que Dios despliegue la riqueza y el poder de su piedad: Él perdona todas tus culpas, Él sana todas tus dolencias, Él rescata tu vida de la muerte, Él te corona de gracia y de misericordia. Nuestra petición será escuchada más fácilmente si, con la oración y el sacrificio personal, nos aplicamos a la práctica de las obras de misericordia, según aquellas palabras de Jesús: bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia. El Señor desea asociarnos a su Pasión y a su compasión por los hombres: si no vacilamos en compartir el dolor y las necesidades del prójimo, su Corazón se volcará sobre cada uno. Por eso, el ejercicio de las obras de misericordia es camino ordinario del cristiano ‑una disposición habitual del corazón‑ para manifestar la verdad de su amor a Dios. Pues el que no ama a su hermano, a quien ve, ¿cómo podrá amar a Dios, a quien no ve?.

Al ponernos en contacto con el dolor físico o moral, con la enfermedad o con la vejez, con la escasez material más acuciante o con la amargura de la soledad, estamos aliviando, alimentando, haciendo compañía al mismo Jesucristo, que ahora mismo (...) sigue sufriendo en sus miembros, en la humanidad entera que puebla la tierra, y de la que Él es Cabeza, y Primogénito, y Redentor. Y El ha prometido: quien os diere de beber un vaso de agua en mi nombre, porque sois de Cristo, en verdad os digo que no perderá su recompensa.

En el Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica se recoge la tradicional distribución de las obras de misericordia en corporales y espirituales, señalando siete obras principales en cada grupo. Constituyen otros tantos ejemplos de los variados servicios que podemos prestar a nuestro prójimo, para remediar los defectos que alejan a las almas de Dios y las privaciones materiales que podrían obstaculizar el ejercicio de las virtudes cristianas. Este es el más profundo significado de las obras de misericordia, que estamos llamados a ejercitar constantemente en nuestra vida diaria, con ocasión de los deberes familiares, sociales, profesionales...


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